10/10/1989
Asesinato del jefe de circulación de El Espectador, Miguel Soler

A Miguel Soler lo recuerdan por su carisma, amabilidad y respeto. Trabajar para El Espectador, le significó la muerte. Foto: El Colombiano - Jorge Zuleta

Miguel Soler, El jefe de circulación de El Espectador en Medellín, fue asesinado por sicarios al servicio de los extraditables. Su muerte hacía parte del plan que creó esta organización criminal para destruir al diario.

A las 2:00 de la tarde del 10 de octubre de 1989, el jefe de Circulación de El Espectador, Miguel Soler fue asesinado por unos sicarios cuando salía de su casa en el barrio Santa Gema, en Medellín.

Minutos antes de morir, se había enterado del asesinato de su compañera de trabajo, la gerente administrativa de El Espectador, Marta Luz López. Alarmado por este hecho que ocurrió en el barrio El Poblado dijo, sin saber que esta sería su última frase, “¿Qué vamos a hacer ahora?”.

Todos, sin excepción

Ambos crímenes se dieron en medio del intento de censura del que fue víctima este periódico desde 1976, cuando sus páginas informaron que Pablo Escobar había sido capturado con un cargamento de cocaína en el sur del país.

En 1983, El Espectador volvió a publicar esta información para ratificar las denuncias del ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, en contra del entonces congresista suplente, Pablo Escobar. La controversia que generó, influyó en la decisión que tomó el Congreso de despojarle la inmunidad parlamentaria.

Los Extraditables, a través de una llamada telefónica, se atribuyeron la muerte de los trabajadores de El Espectador, Marta Luz López y Miguel Soler.

Pablo Escobar empezó a referirse a El Espectador como pasquín, mentiroso, calumnioso y le declaró la guerra, hasta que el 17 de diciembre del 86 mató a don Guillermo Cano. Su idea de acabar con El Espectador creció”, menciona Carlos Mario Correa, que laboró en el periódico como corresponsal para Medellín durante 13 años, en la época más candente de la situación.
La persecución no cesaba y el 2 de septiembre de 1989, un mes antes de la muerte de Soler y López, explotó un carro bomba cargado con 55 kilos de explosivos, en frente de la sede principal del diario, en el occidente de Bogotá.

Medellín no se escapó de la violencia

Todos los empleados del medio fueron declarados objetivo militar del capo. En la capital antioqueña, la incertidumbre aumentaba con el paso de los días. “Teníamos cuatro teléfonos en la sede”, recuerda Carlos Mario Correa. “A veces llamaban a los de redacción, a veces al de dirección a decirnos: ojo hijueputas que ustedes no son los representantes de la verdad, que el doctor (Pablo Escobar) ya les dijo que se tenían que ir”.

Además de las llamadas, a la oficina llegaban coronas fúnebres y sufragios que invitaban a las exequias de El Espectador. Después de los asesinatos de Soler y López, los directivos les ordenaron a los demás empleados abandonar la sede, con el fin de evitar un atentado.

Pablo Escobar emprendió una guerra sin tregua en contra de El Espectador, su propósito era censurar al diario que evidenció su vínculos con el narcotráfico y sepultó su carrera política. Además de los periodistas, las amenazas iban dirigidas a los abogados, administrativos y colaboradores de todas las áreas.

En la noche de ese fatídico 10 de octubre, también fue asesinado en el centro de Medellín el periodista Roberto Sarasti Obregón, propietario de la revista El Cronista Demócrata y antiguo jefe de prensa del Senado de la República.

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