Discurso del alcalde de Medellín, Federico Guitierrez, en homenaje a las víctimas del narcoterrorismo

El 22 de febrero de 2019, cuando fue derrumbado el edificio Mónaco, el alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, reconoció la valentía de las víctimas del narcoterrorismo e invitó a todos los ciudadanos a hacer parte de este nuevo comienzo.

Medellín, 22 de febrero de 2019

Buen día para todos y gracias por acompañarnos.

El cielo, las montañas, las calles, todos los testigos silenciosos de la vida, conocen bien a esta sociedad que hoy se reúne. Una sociedad que ha sabido hacerle frente al dolor. Bajo este cielo hemos tenido días tristes, noches oscuras; pero también hemos sido solidarios y resilientes. Bajo este cielo que hoy nos mira hemos comprendido que el viento del olvido no puede llevarse la memoria de nuestros seres queridos.

Cómo me gustaría que en este homenaje a la valentía estuvieran presentes el General Valdemar Franklin Quintero y quien seguramente hoy sería nuestro expresidente, Luis Carlos Galán. Cómo me gustaría que la vejez los hubiera sorprendido sonriendo con sus nietos.

Y no sólo ellos – no sólo los nombres que conocemos por su valor y templanza en el marco de la vida pública… Sino tantos otros que estuvieron en el momento y en el lugar equivocado como Maryluz Restrepo o Emilio José Díaz, quienes murieron en La Macarena y en la bomba del avión de Avianca respectivamente, junto a tantas personas más que se sumaban día a día a los cientos de inocentes cuyas vidas nos fueron arrebatadas en medio de estallidos que aún resuenan en nuestro pecho.

Hoy estamos reunidos en honor a las víctimas, a los héroes, a los valientes. Porque esta sociedad habría sido mejor si tantos padres y madres hubieran estado para ver crecer a sus hijos.
Hoy, a través de la memoria, regresamos a una época de dolor; nos miramos en el espejo roto del pasado. Pero lo hacemos con valor, porque buscamos el reflejo que queremos para las generaciones por venir, que deben tener presente la historia para no repetirla.

Hablar de esto no es fácil. Volver la mirada sobre lo que muchos preferirían no nombrar, no es fácil. Hay dolor en las palabras y también en los silencios. Pensemos, por ejemplo, en un joven policía de la época. ¿Qué podría sentir al saber que su uniforme confirmaba los dos millones de pesos que valía su vida? Pensemos en los jueces a los que se les asignaban los casos relacionados con el narcotráfico. En los periodistas que contaban la verdad detrás de la naciente riqueza.

En los grupos de teatro, que no cerraron sus puertas. En las madres que enseñaron a sus hijos a perdonar, en quienes siguieron ganándose la vida de manera honesta. En todos los que murieron, los que resistieron, los que sobrevivimos.

Todos los que vivimos esa época – todos los mayores de treinta años – compartimos un vínculo especial. Todos nosotros, tan distintos y a veces tan distantes, compartimos los toques de queda a las diez de la noche. Compartimos la costumbre de salir a la calle con monedas en el bolsillo por si algo ocurría y había que llamar desde un teléfono público a dar señales de vida. Compartimos, quizá, despedidas en aeropuertos – despedidas a tantos que tuvieron que irse.
Compartimos un sentimiento que muchos no entenderían: la alegría – casi el alivio – de llegar vivos a casa. Somos sobrevivientes de una realidad abrumadora y asfixiante que normalizamos, porque no teníamos otra opción. Nuestra biografía colectiva puede resumirse en la convicción de que había que seguir adelante, tratando de vivir vidas corrientes en medio del caos absoluto.

Los años más fuertes del narcoterrorismo, entre 1983 y 1994, nos castigaron inmerecidamente y con proporciones que nos dejaron muchas cicatrices y heridas que permanecen abiertas. Esa década nos enseñó a vivir con miedo. Y muchos, afuera, nos tuvieron miedo cuando escuchaban hablar de Medellín. Fue un tiempo cruel. El mundo nos conoció por lo que nunca debió suceder.

Entre 1983 y 1994 perdimos 46.612 vidas sólo en Medellín. Y digo “perdimos” porque esa pérdida es de todos. 46.612 muertes violentas, que son a la vez 46.612 familias y amigos y amores y esperanzas de un futuro que no fue. 46.612, sin contar otras ciudades o zonas rurales; sin contar años posteriores ni previos; y sin contar heridos. 46.612 vidas menos en nuestra época más dura. Por todos los que nos abandonaron antes de tiempo estamos hoy aquí. Y por nosotros también: porque cada despertar en esa época fue un acto de valentía. Estamos aquí porque no hay justicia mientras sean más conocidos – y más reconocidos- los alias de los verdugos que los nombres de las víctimas.

Se ha escrito, estudiado y analizado sobre lo que aquí hemos padecido. Una gran labor académica, rigurosa, ha acompañado por años la mirada con perspectiva histórica. Un profundo trabajo periodístico ha seguido de cerca cada estremecimiento. También el arte, con su sensibilidad, ha acompañado cada paso del camino. Son esfuerzos invaluables por rescatar la memoria.

Reconocemos ese trabajo y queremos lograr que lo que ellos llevan años haciendo, trascienda sus audiencias y sus lectores para llegar a todos los rincones de Medellín y el mundo. Esta no debe ser una reflexión de una ni de algunas élites. Es una reflexión que debe hacerse con rigor, que debe llegar a la niñez, a la juventud, a cada familia y a cada barrio.

Esto es importante porque, en ciertos entornos, la ficción es la primera herramienta que nos enseña cómo vivir. Los victimarios de nuestra historia tienen copado el relato de la ficción. Ya conocemos muchos detalles de la otra cara: dónde murió Pablo, el alias de sus sicarios, cómo se llamaba su hacienda, quiénes eran los Pepes.

Y aclaro: las novelas y las series no son los enemigos. Se tiene que seguir contando la historia desde esas narrativas, del lado de las víctimas y héroes. El enemigo no es la televisión. El enemigo es ese entorno de ilegalidad de los niños que sueñan con ser capos. El enemigo es la mafia, que impregnó cada esfera de nuestra existencia: desde la estética hasta la ética.

Es importante saldar esa deuda narrativa, social e institucional que tenemos con nuestras nuevas generaciones. Por eso, tenemos que hablarles de todos aquellos que dieron su vida por defender sus principios. Policías, militares, jueces, soldados, periodistas, fiscales, civiles… Hombres y mujeres a quienes, en palabras de ENRIQUE LOW MURTRA, “podía temblarles la voz, pero no la moral”.

Hablarles de esos ciudadanos, esas organizaciones e instituciones que, en varias ocasiones, se han situado más a la altura de los retos sociales que el mismo Estado.

Hablarles de aquellos que permanecieron, incluso en los momentos más difíciles: nuestros empresarios. Esos hombres que reflejaban en sus actos el valor del trabajo duro y los sueños colectivos. Gracias a ellos por tejer un sector privado que todavía sigue siendo un pilar fundamental en el desarrollo de la ciudad.

Hablarles de los grupos de teatro, del festival de poesía, de las bandas de rock que no dejaron de sonar; de la cultura que alzó su voz para buscar un futuro diferente para las comunidades.

Medellín fue la primera ciudad del país en construir un plan de desarrollo cultural, en 1990; por la misma época en que nació la Consejería Presidencial para Medellín, en cabeza de María Emma Mejía, a quien agradezco profundamente su presencia. Tres años después se creó el INDER – instituto de deportes y recreación -, una de las entidades más importantes para lograr salir del abismo en el que nos encontrábamos, y que llevaba a los barrios balones en vez de balas.

Hablarles de la primera batuta, que abrió puertas a la Red de Escuelas de Música, reafirmando el poder del arte en la construcción de herramientas para vivir en comunidad: trabajo en equipo y escucha.
Hablarles de, y reconocer a, todos esos líderes que durante años han sostenido en alto los sueños de los jóvenes, mostrándoles el valor de la vida y de la tranquilidad.

Y hablarles también de la importancia de la familia: de los niños, hijos, sobrinos, vecinos, y especialmente de las mujeres: hablarles de las madres cabeza de familia, de las hermanas, de las novias. Hablar de esas personas que, por décadas, han sacado adelante esta ciudad.

Tenemos que admirar y exaltar a todas esas personas valiosas desde la memoria, pero también desde nuestra forma de actuar. Reafirmar que lo que nos ha mantenido en pie luego de tantos golpes es la ilusión de construir un lugar mejor para nuestros hijos. Y que lo hemos logrado, porque evidentemente esta ciudad de hoy no es la de ayer. Hemos aprendido tanto, que hoy además tenemos mucho por enseñar.

Constantemente nos visitan desde muchos lugares del mundo para aprender acerca de la transformación que hemos tenido como ciudad. Pero ha llegado el tiempo de transformarnos como sociedad, de las fachadas hacia afuera el cambio ha sido increíble, infraestructura que conecta nuestros barrios, lugares públicos para la gente. Pero de las fachadas hacia adentro queda mucho por hacer. El cambio estético debe ir acompañado de un cambio ético.
Mirar nuestro pasado, también es asumir responsabilidades sobre lo que nos pasó y lo que nos sigue ocurriendo. El narcotráfico no se ha acabado y es el principal responsable de los delitos que se cometen en esta ciudad.

El peor daño que nos hizo la mafia sigue latente en muchas comunidades y es la tergiversación de los valores. Se nos cambió el trabajo duro por el dinero fácil; la discreción por la opulencia; y lo peor de todo, se le quitó el valor a la vida y a cambio se le puso un precio a cada vida.

Además de las ausencias que aún duelen, el narcotráfico nos cambió las costumbres y los valores. Por eso esta reflexión que proponemos, que de alguna manera implica reconciliarnos con nuestro pasado, también nos obliga a trazarnos unos límites éticos muy claros de hoy en adelante.

Por culpa de las zonas grises no les hemos impuesto una sanción social a quienes han hecho su fortuna con dineros sangrientos; las zonas grises nos han hecho tolerantes y complacientes con la inescrupulosa ilegalidad.

Esta reflexión que proponemos va encaminada a ajustar nuestra escala de valores, para influir en el comportamiento individual y colectivo, orientándonos no sólo por el bienestar sino por el bien-ser y el bien-hacer, logrando así una autorregulación ciudadana que represente el punto máximo de madurez en el ejercicio de la libertad.

Que la codicia, la ilegalidad y el irrespeto no sobornen nuestros deseos, principios e intenciones. Que seamos radicalmente correctos, radicalmente éticos, radicalmente legales.

Medellín se ha puesto siempre la vara muy alta en materia de urbanismo, innovación, transporte público, educación. ¿Por qué ha sido, entonces, tan difícil ponernos la vara alta en términos morales? En materia de oportunidades somos un ejemplo para el país y la región, gracias a un trabajo articulado entre los sectores público, privado, académico y ciudadanía que ha sido posible mantener a lo largo de los años.

Por muchos años hemos tenido una inversión social muy alta, focalizada además en las zonas más vulnerables, que busca disminuir la brecha de inequidades que aún existe en la ciudad. No obstante, hay una barrera que impide que esas oportunidades lleguen a ciertos jóvenes. Jóvenes a los que se les ha dicho que pertenecen a un barrio, no a la ciudad. Jóvenes a los que se les ha enseñado a temer, no a confiar.

Jóvenes instrumentalizados por quienes heredaron el “imperio de la inmoralidad”, como lo llamaba Don Guillermo Cano.

La transformación estructural necesita, de manera urgente, hablar sobre estos jóvenes en riesgo. Desde 1979, que se miden los homicidios en Medellín, el 50% de las víctimas han sido jóvenes entre 18 y 28 años. Generaciones perdidas, hace 30 años eran 5 mil los jóvenes sujetos a las órdenes del cartel de Medellín. Hoy hay alrededor de 4 mil jóvenes en riesgo.
Este año, 900 de ellos han empezado a hacer parte del que es quizás el proyecto más importante que hoy vamos a anunciar y que debe continuar en el futuro: Parceros.

Con este programa, Parceros, buscamos la recuperación integral de jóvenes vulnerables, que han sido explotados y engañados por estructuras criminales, y corren el riesgo de hacer parte de ellas. Estos son los jóvenes que pueden romper el círculo de la violencia; ellos son el corazón de la transformación estructural y generacional que buscamos. Queremos que ellos lo sepan; que sientan que hay una sociedad que los abraza. Cuando hemos hecho talleres en distintos puntos de la ciudad, algunos han manifestado que es la primera vez que salen de sus barrios. Jóvenes de 15, 20 años que no sabían que existía un mundo más allá de sus esquinas.

Cada uno de ellos tiene un mentor, un Parcero o una Parcera, que lo acompaña a formular un proyecto de vida junto a su familia. Lo primero es mostrarles que hay otras opciones ahí, esperando por ellos. No queremos más niños ni jóvenes que sueñen con ser los “duros” de sus barrios. Que sean unos “duros”, pero en cocina, en arte, en mecánica, en ciencias y en letras. Que cumplan sus sueños en el marco de la legalidad.

El derribo del Mónaco es la caída de un símbolo. El edificio está en ruinas y son ruinas las que caen. En distintas épocas se intentó darle uso funcional a esta construcción y siempre fracasó el intento hasta convertirse en una estructura insostenible.
Es justo ser conscientes de lo que sucede en el mundo para mirar esto en perspectiva: el Memorial en Hiroshima, el Memorial del 9-11 en Nueva York, la memoria que reposa en AUSHVITZ, el Memorial a los judíos en Berlín, el Memorial a los veteranos en Washington…

En cada uno de estos espacios el respeto da lugar a las víctimas y su dolor. Son sitios que abrazan la memoria de los que sufrieron, de los héroes, de los valientes.

El corazón de esta iniciativa son las víctimas que no debimos tener jamás.
El alma de este propósito es evitar nuevas víctimas que lamentar.

Hoy vemos nacer un nuevo símbolo: un memorial que se levantará durante los próximos meses. Un espacio público, que nos pertenezca a todos, para honrar nuestro dolor y no seguir dándole la espalda. En el memorial habrá ruinas que representarán, dentro del nuevo espacio, el reconocimiento de la tragedia. Ruinas que resistirán a la lógica del olvido y que narrarán la porción de la historia que les corresponde.

Este memorial estará a cargo de cinco jóvenes arquitectos de la Universidad Nacional, que ganaron el concurso público internacional liderado por la Sociedad Colombiana de Arquitectos. A ellos, todo nuestro reconocimiento.

El memorial nace hoy, será un espacio físico que nos debemos como ciudad. En los cementerios se llora la muerte, aquí se honrará la vida. Inflexión es el nombre de este memorial que propone justo eso, una inflexión en nuestra historia.

Allí donde hay una cicatriz dejaremos huella: haremos memoria en el lugar de los hechos que nos marcaron, llevándola a cada rincón de la ciudad pero sobre todo a cada uno de nosotros.

Esculturas monumentales estarán en distintos sitios: frente a La Macarena, donde estalló 28 años atrás el carrobomba que aún resuena en nuestro pecho. En La Floresta, en la calle en que asesinaron al General Valdemar Franklin Quintero aquel agosto de 1989. Su vida valiente nos inspira y marca el camino. En el Parque del Poblado, donde nació esta villa, haciendo homenaje a todos los inocentes que murieron en la ciudad. Y, por supuesto, otros lugares más tendrán obras de reconocidos artistas que harán de la ciudad entera un lugar para aprender y entender que esto que nos pasó no debe repetirse jamás. Este será nuestro Recorrido de la Memoria, que es una realidad gracias a nuestros artistas, a quienes extiendo mi reconocimiento y gratitud. Creemos en el poder transformador del arte porque hemos sido testigos de cómo la música, la pintura, la escultura cambian vidas.

Se honrarán las vidas y las memorias. No podemos caer en “el peligro de una sola historia”; el valor de este relato será la pluralidad.
Estamos aquí para hacernos conscientes de que no hay una sola sino muchas historias; para romper muchos silencios que nos han encerrado por décadas. Para esta narración colectiva, tendremos una plataforma digital en la que cada uno de nosotros podrá contar cómo vivió esa época, cómo moldeó su pasado y su presente.

Somos el resultado de nuestras historias. Hacer memoria es fertilizar nuestro tejido urbano y social.

Sin duda, la entidad que por su naturaleza ha acompañado y seguirá acompañando este proceso es el Museo Casa de la Memoria. Nos complace, entonces, anunciar que en compañía del sector privado construiremos la segunda fase de este Museo. Una segunda fase del Museo que estará dedicada a contar, de una manera respetuosa, el dolor que como sociedad llegamos a sentir.

Además de los lugares físicos, está el compromiso con los imaginarios, con la formación, con la educación. A la fecha, más de tres mil estudiantes de nuestras Instituciones Educativas oficiales han tenido una sensibilización en cuanto a la memoria local, junto a sus profesores y padres de familia.

Durante este año tendremos, también, la Adopción de Héroes por parte de nuestros colegios públicos y privados, que se apropiarán de la historia de nuestros valientes, contándola en sus salones de clase, en sus familias y en sus comunidades. Para esto será crucial el trabajo de nuestros maestros. Esta idea nace del trabajo de mi buen amigo, Leoluca Orlando, que inspiró gran parte de esta lucha y que hoy nos acompaña.
El Alcalde antimafia, que convirtió a Palermo-Italia en una ciudad legal, combatiendo la Cosa Nostra. Un referente para esta ciudad y este país.

Adicionalmente dentro de la Cátedra de Paz, que es obligatoria en nuestro país, está dispuesto que se hable acerca de la memoria local. Promoveremos, entonces, estos contenidos en las aulas de clase, con el propósito de construir una educación cívica en los entornos académicos.

Hay que hablar de temas difíciles, hay que incomodarnos. Aquí, más que señalar a los victimarios, nos estamos auto-señalando como sociedad. Así como el narcotráfico representó una revolución anti-cultural a favor de la mafia, que la memoria represente nuestra revolución a favor de la legalidad. Que si tantas cosas nos han dividido por años, la memoria nos una. Yo sé que ustedes están aquí porque también confían en que es posible construir una mejor ciudad y un mejor país para nuestros niños. No les podemos fallar.

Lo peor de la violencia no fueron las bombas ni el estruendo. Fueron las sillas vacías durante las comidas, las camas vacías de tantas viudas y viudos, los padres que tuvieron que seguir viviendo sin sus hijos y los hijos que tuvieron que seguir viviendo sin sus padres. Tocar esta herida es revivirla para buscar que cicatrice. Es buscar justicia narrativa y social, y sanación colectiva. Cuando nuestras heridas sanan, pueden nacer grandes cosas. Eso es lo que está en nuestras manos: curar para construir.
Falta mucho. Esto es complejo, ambicioso, difícil. Hablamos de contar una historia, de sanar una herida, de reformar nuestra escala de valores, de una transformación mental.

Es absolutamente claro que esto no depende de mí, ni de mi equipo de gobierno. Es un esfuerzo que debe durar años, porque la mafia lleva décadas corrompiendo esta sociedad. Deben ser años de participación activa, ciudadana y articulada, con la convicción de que necesitamos una transformación estructural.

Detrás de todo esto hay una lucha ética, no política. Yo quiero que esta sociedad se transforme moralmente y creo, genuinamente, que es posible. Creo que es posible porque he sido testigo de la fuerza cívica que existe entre nosotros. Este no es el primer ni el único esfuerzo que se hace en la ciudad en materia de legalidad, más no por eso deja de ser importante seguirle apostando a este reto; seguir creyendo que es posible sacar adelante este proyecto ético ciudadano.

Yo creo en nuestros jóvenes. Creo que ellos serán capaces de mirar a Enrique Parejo y decirle que vamos a rendir homenaje a sus principios. Sé que nuestros policías serán capaces de mirar a la familia del General Valdemar Franklin Quintero y decirles a sus hijos y a su esposa que su lucha no fue en vano.

Sé que los estudiantes de periodismo podrán decirle a la familia de Don Guillermo Cano y de Diana Turbay que van a rescatar su legado.
Sé que podrán mirar a la familia de Rodrigo Lara Bonilla, de Luis Carlos Galán, de Mariela Espinosa, de Myriam Rocío Vélez, de María Helena Díaz, de Antonio Roldán Betancur, de Alfonso Ospina, de Tulio Manuel Castro, de Enrique Low Murtra, de Álvaro Medina… de tantos valientes que lucharon incansablemente con rectitud, y decirles que estamos a tiempo de hacer justicia.

Sé que juntos podemos lograrlo porque nuestra resistencia es más grande que nuestro dolor. Porque no queremos que otros sufran lo que nosotros sufrimos.

No podemos darnos el lujo de seguir esperando, de seguir aplazando el cambio. La ilegalidad se nos ha llevado demasiadas oportunidades, demasiadas vidas. Hoy desmantelamos un símbolo como una manera de decir: fue suficiente. Fue más que suficiente. No estamos hablando de un pasado lejano, ni de una memoria que hoy no nos afecte.

Ya estamos a una distancia prudente, que nos permite hablar, con firmeza y con amor, de todo lo que vivimos. Esa distancia era necesaria pero ahora es suficiente; estamos en el tiempo justo para emprender este reto. Que las nuevas generaciones no nos reclamen mañana el haber sido indiferentes a nuestra historia.

Este día nos depara la ilusión de un nuevo principio. Es un día para acompañar el silencio, para reivindicar el valor de un abrazo y de la vida. Es un día para preguntarnos de dónde viene nuestra concepción del éxito, de la belleza, de la estética, del prestigio y decidir cómo queremos seguir narrándonos.

Este es un día para reconocer el valor de todos los colectivos que, desde cada barrio, mantuvieron esta ciudad en pie con pacífica resistencia, y de cada ciudadano que se levantó a trabajar y a persistir a pesar de la incertidumbre y la tristeza. Es un día para reconocer el valor de los que se sacrificaron por sus principios y enaltecerlos. Para reconciliarnos con un álbum familiar habitado de secretos, ausencias, recuerdos y heridas.

Es un día para pedirles perdón, en nombre de la historia, a todas las familias incompletas a causa de la violencia. A los que salieron en las primeras páginas de los periódicos y a los nombres que se convirtieron en cifras.

A cada persona que por causa de la codicia desmedida y de la moral alterada que heredamos, tuvo que extrañar los besos, las caricias, los abrazos de quienes amaba. Esto es por quienes hoy faltan y por quienes hoy estamos: en cada uno de ustedes está presente el acto heroico de no renunciar al optimismo.

Medellín hoy los abraza. Aún estamos a tiempo de abrazarnos y de abrazar esta historia que es suya, nuestra, de todos. Abrazar lo que fuimos para construir lo que seremos. Hoy, Medellín abraza su historia. Hoy, Medellín construye un nuevo relato.

Hoy, cae un símbolo para encender la esperanza.
Hoy, nace un nuevo símbolo para darle luz a la oscuridad.

Compartir

CONTENIDO RELACIONADO