16/10/1989
Bomba en el periódico Vanguardia Liberal

Pese a la magnitud del atentado, el equipo periodístico de Vanguardia Liberal trabajó sin descanso y con convicción para sacar adelante la edición del día siguiente.

El 16 de octubre de 1989, a las 6:10 de la mañana, explotó un carro bomba cargado con aproximadamente 100 kilos de dinamita frente a la sede del diario Vanguardia Liberal, en Bucaramanga.

Los encargados de ejecutar este atentado llegaron hasta las oficinas buscando ayuda porque supuestamente el vehículo en el que se movilizaban se estaba incendiando. El celador del medio, José Antonio Bolívar, salió con un extintor y cuando se acercó al carro, el individuo y sus dos acompañantes detonaron la bomba. Bolívar falleció inmediatamente y los tres terroristas huyeron en un carro que los estaba esperando.

En el atentado murieron cuatro personas, entre ellas José Noé García y Rafael Caballero Anaya, también empleados de Vanguardia Liberal. Quince más resultaron heridos: siete voceadores y ocho pasajeros de un bus de la empresa Unitransa que cubría la ruta hacia el barrio Morrorico.

Nos han destruido materialmente, pero nuestros principios están intactos”, editorial Vanguardia Liberal, martes 17 de octubre de 1989.

La explosión destruyó gran parte de la fachada, el techo y dos de los tres pisos del edificio. Además, 35 locales comerciales y quince casas fueron alcanzadas por la onda explosiva. Este hecho fue calificado como el atentado más grave que cometieron los narcotraficantes en contra los medios de comunicación del país, superando al de El Espectador, ocurrido en Bogotá el 2 de septiembre del mismo año.

Amenazas

Desde el 31 de agosto de ese año, cuando se conmemoraron setenta años de fundación, los empleados de Vanguardia Liberal comenzaron a recibir amenazas. En diferentes comunicados, grupos guerrilleros y narcotraficantes aseguraron que iban a atentar contra las personas que participaran en la celebración.

Estas intimidaciones vengaban las denuncias que hicieron varios periodistas en contra de los narcotraficantes, evidentes en las notas editoriales del diario, que respaldaban la lucha del gobierno de Virgilio Barco contra la mafia. Después del atentado, otros medios de comunicación de la ciudad y algunas entidades bancarias recibieron llamadas anónimas intimidantes.

Con el asesinato de reconocidos periodistas, entre ellos Guillermo Cano, Jorge Enrique Pulido y Raúl Echavarría Barrientos y de funcionarios de las empresas informativas, los narcotraficantes intentaron censurar a la prensa y eliminar los comentarios que llamaban la atención sobre la irrupción del narcotráfico en todas las esferas sociales.

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